Acerca de mí

Hace más de tres décadas ya que me dedico a la salud mental. Indago en diversos campos del alma humana y me ocupo de los sufrimientos, los interrogantes, los desconciertos, los desamparos de eso que los griegos llamaban la psique. Soy psicoanalista y psicólogo, y también trabajo diferentes aspectos de la Psicoterapia y el Psicodrama, bien sea a nivel individual, con grupos, familias o parejas, y tanto con adultos como con niños y adolescentes.

Suelo preferir hablar de sentimientos que de patologías. Demasiado arduo es ya para los que requieren mis servicios el acarrear con su dolor y su angustia, como para que encima venga yo a magnificar estos padeceres con términos que en realidad sólo entiende bien un profesional. Digamos que no me ocupo de depresiones, ansiedad, trastornos de personalidad, obsesiones, neurosis o psicosis…, sino que me ocupo de hombres y mujeres, niños y niñas concretos, con sufrimientos y desamparos únicos, me ocupo del aturdimiento de los que están pasando malos momentos, de su tristeza, su soledad, su desprotección, incomprensión o vacío. Aunque exista –desde luego– un diagnóstico, el protagonismo y la verdad en la terapia los tiene siempre el propio paciente.

A los quince años tuve la suerte de toparme con “El chiste y su relación con el inconsciente”  de un, entonces, desconocido para mí llamado Sigmund Freud. Encontré, para mi sorpresa, que aquel libro no tenía que ver ni con la risa ni con el humor, sino con algo fascinante: el inconsciente humano. Descubrí que ese algo nos pertenecía, que era importantísimo y nuestro y de lo cual no teníamos el menor conocimiento. Desde entonces supe que quería ser psicoanalista y seguí leyendo a ese maestro de la sospecha, a ese médico sabio que entendía al ser humano desde una perspectiva diferente a la de la lógica y la conciencia. Algo de nuestro sufrimiento y de nuestra dicha se escapaba a los modelos de la razón, y justamente eso era lo que me interesaba entonces, y lo que años después me sigue apasionando.

Aparte de Freud y de los profesores y compañeros que conocí en la facultad, he ido teniendo importantes maestros y amigos en mi vida de psicoanalista, como Horacio Valla, de quien he aprendido la pasión por la palabra en el Psicoanálisis, o Eduardo Pérez-Peña, con su capacidad para clarificar los conceptos más difíciles; Moustafa Safouan me dio el ejemplo del entusiasmo por la clínica y el rigor; Claude Dumezil me mostró la importancia de la tenacidad, y Robert Levy, la capacidad de trabajo. De otros, como Juanqui Indart o Eugénie y Paul Lemoine aprendí lo importante de la diversidad y de la coherencia.

Pero sobre todo he tenido maestros y maestras determinantes en mi labor día tras día, y son mis pacientes. Por eso a ellos y ellas les sigo dedicando una buena parte de mi tiempo y todo mi entusiasmo.