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1.

HIJO MÍO, YO NO SÉ QUÉ ES LO QUÉ QUIERES.

El interés que suscitan estos adolescentes pareciera que viene determinado justamente por lo que adolecen, por lo que sin ser, son: no acaban de ser y no dejan de ser.   Por lo que de imperfección se observa desde las diferentes ópticas desde las que son valorados, juzgados, criticados, por las carencias que parecieran evidenciar con relación a unas exigencias de índole social. Son exigidos desde diferentes lugares: familiar, escolar, social, con imperativos del tipo “tienes que ser responsable”, “tienes que ser maduro”, “ya eres un hombre” “ya no puedes perder el tiempo”, “ya tienes que pensar en el día de mañana”, mientras ellos asisten atónitos a la absoluta falta de responsabilidad de sus mandatarios, de sus profesores, de  sus propios padres, mientras asisten confundidos a un circo mundial donde lo que impera es la  ley del mas fuerte y la única razón es la pura y dura razón de la fuerza, mientras  se les exige que sean buenos estudiantes, que no den problemas, que sean educados y políticamente correctos.

Pero ¿de qué adolecen? ¿De qué supuestamente están incompletos y son imperfectos? ¿Qué es exactamente lo que se les pide? ¿Y qué es lo que ellos piden, lo que ellos individualmente piden? ¿Qué es lo que hace que no puedan o sepan pedir solos,  que tienen que agruparse para hacer demandas como colectivo, reivindicaciones incendiarias para pedir atención?

Se les exige ser responsables pero no se les deja ejercer sus responsabilidades, se les pide que sean adultos pero no se les reconoce ni lo mas mínimo que tengan atisbos de serlo, se les pide que opinen, que no pasen de todo, pero se ridiculizan sus opiniones en nombre de su absoluta falta de experiencia,  se les pide que no estén en la calle, pero no hay lugares para ellos, se les pide que sean hombres de provecho pero no se les explica para el provecho de quien.

Ese cuerpo desmadejado, desaliñado, con el que tienen que convivir y con el que permanentemente  tropiezan, se lesiona, te inundan, alberga sobre todo, desconcierto, duda, miedo, duelos, muertes, nacimientos, hormonas que les llevan y les traen por reales desconocidos, por terribles imaginarios y por dificultosos simbólicos. Reales de cuerpos que se agrandan, de hormonas  que inundan, de órganos que frecuentemente se trasforman y que gozan de una reconocida autonomía, de fluidos que de vez en cuando emergen sin control. Imaginarios en las que se alternan las relaciones de adoración en la que los otros son dioses, ídolos, con las  relaciones en las que algunos otros son portadores de odios y paranoias, son enemigos por el simple hecho de ser personas mayores. Simbólicos en los que lo que predomina es la ausencia de palabras o en la que hay un acomodo a un lenguaje reducido y simplificado, en las que las jergas grupales, repletas de voces sin sentido, sustituyen la complicada palabra, la incomprensible palabra de los adultos. Esos cuerpos agrandados de un día para otro, albergan el nacer de unos nuevos deseos con los que se topan, de unas nuevas reglas de relación con las que se enfrentan.

Nos encontramos sin duda a un nuevo nacimiento, como lo expresaba Carballo:  el hombre es un ser biuterino.

Pero se trata de un nacimiento muy particular, pues acontece a la vez que una muerte: es el nacimiento de un hombre y la muerte de un niño: nacimiento de un incipiente hombre que no acaba de serlo nunca sino como ideal y muerte de un niño que persiste siempre en nosotros, para torturarnos con el recuerdo   del objeto perdido. Nacimiento, que aunque aparezca como totalmente novedoso, no es sino un retorno.

Ya nada es como antes, pero es absolutamente indefinible lo que es ahora. Hace pocos días veía a una jovencita que miraba con nostalgia unas pequeñas muñecas en el estante de unos grandes almacenes mientras en la otra mano llevaba una caja de compresas.

Posiblemente la amenaza más grande con la que se encuentran estos adolescentes es el propio niño que no se ha ido del todo, que siente terror ante la pérdida de la protección paterna. Es ese mismo niño que solo puede hacerse diferente y adulto por oposición y por protestas,  aumentando el volumen de su voz, por  temor a  no  ser oídos. ¿Adónde es avocado un adolescente?¿, ¿Qué es lo que se le plantea como respuesta? : la sumisión o la desobediencia,  el acatamiento o la confrontación: pueden hacer lo que les manden o todo lo contrario de lo que le manden,  porque no sabe lo que quieren.

Nos dice la Dolto: ”Hay que asumir la propia provocación, atreverse a llegar hasta allí, hasta el ridículo, soportar las miradas y saber responder. Pero hacerse destacar, puede ser peligroso; atrayendo la atención de lo que no se tiene, se corre el riesgo de parecer lo que no se siente ser, se puede perder entre sí y lo que se muestra.”…”como todavía no se conoce a sí  mismo, se busca gustar en la mirada de los otros.”(F.Dolto, op.cit.)

Cuando Martín llega a mi consulta, lo hace acompañado de sus padres. Tiene 15 años.

Me da la mano como cumpliendo con un protocolo impuesto y ajeno a él. Le sientan en el medio y cuando le pregunto su nombre, es la madre la que responde, después de un cierto titubeo del joven. La segunda pregunta es por qué esta allí, que es lo que quiere y que puedo hacer yo por él. De nuevo la madre me dice. “Anda cuéntale a este señor todo, lo que nos has hecho”. En ese momento me dirijo a la madre para pedirle que le deje contestar a él y me dice, no sin antes sonreír:  “Mire a mi no me pasa nada,  he venido porque me  han dicho que venga y para que me dejen tranquilo.

De nuevo la madre me dice “lo ve usted, eso es lo que le pasa, que no hay manera de hablar con él y siempre está negativo y enfrentado a nosotros, solo nos dice que no le agobiemos”. En ese momento les sugiero que me dejen a solas con el chico, si a él le parece. El padre se levanta de inmediato, pero la madre  espera unos instantes y me dice “ es que me gustaría contarle algunas cosas porque el miente mucho y no le va a decir la verdad”.

En ese momento el padre le comenta “ venga no seas tan pesada y vayámonos”.

Cuando me quedo a solas con el chico le digo “bueno tu dirás” y empieza a hablar con verdaderas ganas.”A mí la verdad no me pasa nada, bueno o nada en concreto, no sé muy bien. Lo que pasa es que mi madre es muy agobiante, está todo el día encima dándome la chapa. ¿Sabe lo que pasa? Ella piensa que todo lo que yo hago lo hago por molestarla a ella y yo no digo que haga las cosas bien, pero las hago sin pensar en lo que le gusta o no. Es como que todo lo que digo a o hago está dedicado a ella y yo no tengo ni puta idea del porqué  hago las cosas, pero no lo hago por molestar a nadie, pero es que está todo el día pendiente de mí.”Bueno, y si en vez de hablarme de tu madre, ¿ me hablas un poco de ti?” No si yo estoy bien, bueno bien tampoco, pero no me pasa nada en concreto. Hay días que me siento fatal y otros se me pasa y estoy bien. Otras veces me da igual todo y me cansa todo, no puedo ni estudiar ni nada; bueno,  la verdad es que estudiar no me apetece casi nunca y el caso es que yo quiero seguir estudiando, pero nunca me apetece. Solo me apetece salir, estar con mis amigos, aunque no hagamos nada pero estoy con ellos y parece que estoy menos agobiado”

 Recordemos a Françoise Dolto, cuando nos habla del SALIR y de la importancia de esta palabra: “Salir es dejar el viejo capullo del gusano un poco apagado ya, es también tener una relación amorosa. Es una palabra clave que traduce bien el gran movimiento que nos sacude” (El complejo del bogavante.)

Al final de la entrevista, le pregunto si quiere seguir conversando otros días, a lo que responde que sí. De momento nos vamos a ver una vez por semana, pero el tendrá que pagarme una cantidad por cada entrevista 100 Ptas., cuestión que le hace mucha gracia, pero que acepta de inmediato.

Después de cuatro entrevistas, recibo una llamada de la madre en la que manifiesta su deseo de hablar conmigo. Le comento a Martín la cuestión y le parece bien que nos veamos los tres una vez más y  le encargo a él que les trasmita a sus padres, el día y la hora de la cita, no sin cierta sorpresa por su parte,  cuestión importante como veremos mas adelante.

En la entrevista, de nuevo la madre me habla del disgusto que tiene por el comportamiento de su hijo y de lo que ella sufre y de lo preocupada que está por él y de que no puede dormir, etc., etc., etc. El padre está en silencio toda la entrevista, hasta que le pregunto: ¿usted que opina de todo esto que está escuchando? A mí lo que me parece es que mi mujer es un poco pesada, pero no la puedes decir nada, porque se enfada y dice que a mi no me interesa nada y lo que yo veo es que ella está demasiado pendiente del chico y es mas por ser sincero, solo la preocupa el chico. Es mas cuando yo le veo que está tan mal con esto, la propongo salir a dar una vuelta o irnos unos días de vacaciones y siempre me dice que no, que como le va a dejar, que ahora no es momento.

En ese momento Martín interrumpe para decir que a él,  le parecería estupendo que se fueran sus padres unos días o que salieran solos por ahí, porque incluso hay veces que mi madre me dice que vaya con ellos y ya me contará usted que pinto yo con ellos, si me ven mis amigos se parten. En ese momento la madre, llorosa, le dice a su hijo: “ es que no entiendo que siempre te apetezca mas estar con tus amigos que con nosotros, HIJO ES QUE YO NO SÉ QUE ES LO QUE QUIERES.

Yo me dirijo a ella y la digo “ y… ¿ por qué supone que tiene que saber que es lo que quiere su hijo? Claro que sería muy interesante saber que es lo que quiere su hijo, pero para él, es mas sería de gran ayuda saber que es lo que quiere usted y que es lo que quiere usted  que quiera su hijo. Por eso le sugiero que tenga usted algunas entrevistas con otro psicoanalista y poder trabajar un poco todo ese sufrimiento que parece que tiene.

 Bien sabemos que no hay adolescencia sin problemas y sin altas dosis de sufrimiento, como señala Dolto, es una época donde el nuevo caparazón tapará este dolor y esa marca, pero nos dice que “es la época de los gozos más intensos aunque el riesgo es huir fuera de sí lanzándose a dudosas y peligrosas aventuras”.

Es en la adolescencia cuando los padres son mas interpelados, mas cuestionadas y bien sabemos de las dificultades que entraña el situarse en ese lugar de Serenos, como nos dice la Dolto, en ese lugar de vigilantes, de los que velan, los que están. Es en cierto modo necesario que ellos también aprendan a renovarse, a renunciar a seguir siendo padres de un niño pequeño. Es tomar conciencia de que si están siendo padres de un ser que está volviendo a nacer, tienen también que renacer como padres de adultos y esto no es fácil ni cómodo, porque como nos señala Dolto, es necesario casi DESPADRECERSE.

En el caso de Martín, no había hueco de otra manera que no fuera el de niño. Debía portar en sus espaldas, no sin su complicidad, el ser el único objeto  de deseo que tenía la madre, como el padre señala y el mismo con su desaparición y su silencio sostiene. El temor al abandono y la culpa por dejar escapar a esos padres de niño, incrementaban sus ya difíciles paseos por el mundo adulto.

En el encuentro con alguien que da lugar a su palabra, a su incipiente palabra, puede empezar a hablar de “sus cosas”, de esas que parece o que no interesan o que ponen en estado de permanente sufrimiento a la madre y de desaparición del padre. El hecho de cobrarle una cantidad, de encargarle a él que comunique a sus padres los encuentros, es una manera de introducirle en el mundo del protagonismo perdido y de la responsabilidad de adulto: hay vida fuera de la madre, hay posibilidad de sostener la incertidumbre, la duda, el desconcierto, sin rasgarse las vestiduras, sin respuestas imperativas, sin reproches. En cuanto tiene una posibilidad de hablar como Martín, no como hijo de, la toma y la aprovecha inaugurando una nueva manera de relación con los adultos en la que las reglas están por definir, hay que hacerlas personalmente, ya no hay una persona que quiera algo de él o que quiera por él. Hay una persona que le causa gracia, desconcierto, que le pregunta cómo quieres hacer, que está como dice R. Levy, sin razón de ser.

 Los adolescentes son portadores de un síntoma, de un saber que evidencia una imperfección que no solo es de índole individual, es evolutiva y ante la cual se reacciona con una intolerancia que posiblemente es la reacción ante la propia incompletud que nos constituye como estructuras carentes o como seres con carencias estructurales. En este sentido estoy totalmente de acuerdo con lo que figura en la contraportada de la convocatoria… “Los adolescentes, por la situación de dependencia en la que se constituyen como sujetos, muy fácilmente son objetos propicios para las proyecciones de los llamados adultos.” Yo añadiría a  la situación de dependencia, lo carencial, pero aun fuertemente alentada por un ideal ingenuo de completud. Es justamente la amarga constatación  de este imposible,  lo que hace que los llamados adultos pretendan, proyectivamente, suturar estas fisuras por medio de modelos. Por eso, continua la contraportada, “el síntoma, además de inscribir la singularidad del sujeto, por el malestar que produce a su alrededor, tiene valor de mensaje y denuncia el fracaso del goce, mostrando así que los ideales que la ciencia trasmite en los diferentes campos, señalan su reverso con un resto de sufrimiento.” Pero no solo la ciencia, actual paradigma religioso,   la sociedad y los actuales modelos culturales, trasmiten valores contradictorios entre lo que se sostiene desde lo ideológico y lo que se trasmite desde la vida y la práctica cotidianas, produciendo unas respuestas de tipo marginal, violento, adictivo.

El síntoma nos dice algo de un malestar, de un malestar en la cultura, donde la familia y los llamados valores tradicionales han sido cuestionados. La respuesta no puede ser por la vía del imperativo, del modelo donde una cierta perversión social, impone por la vía de la norma, de la voluntad un posible remedio. Quisiera, en este sentido, tomar del libro que se presentará mañana:  Pasiones del ser, una parte del trabajo de Fabián Appel, ”De la queja al deseo”. “Tomar la queja para poder trascenderla…  Anular la queja por la vía de la voluntad no hace mas que promover su retorno por la vía de un embate de lo real sobre lo simbólico o, en el peor de los casos, impulsando al sujeto a un pasaje al acto. La ética del psicoanálisis no implica anularla…. por el contrario se trata de vaciar el goce, de diluirlo, separándolo de la posición crítica que toda protesta sostiene.” Y un poco antes, nos dice… “la queja, en las modalidades que cada estilo neurótico le imprime,  no goza de buena reputación entre los psicoanalistas. Menos aun en el espectro social donde globalización y felicidad, fórmula conjunta e inseparable, hace olvidar que el deseo no se satisface en ella.”

No podemos, desde el Psicoanálisis, detenernos en el síntoma, en la queja, sino como texto para trascenderla, para direccionalizar una cura en la que ese muchacho tenga un lugar para su palabra, para su deseo, al que siempre se pretende taponar con una oferta obturadora del sujeto. Eso es en esencia el capitalismo. Cuando Lacan habla de los cuatro discursos, da cuenta de esto, con la creación de un quinto discurso, el discurso del capitalismo. En el discurso del analista, Lacan sitúa al objeto a, en el lugar del agente, sin asegurar el reencuentro del sujeto con el objeto de su deseo, pero justamente el problema de la sociedad actual es el de prometer a todos la satisfacción de todos los deseos. Eso sí, con un alto precio: anular toda diferencia entre objeto de deseo y objeto de consumo. Justamente en el discurso del analista, lo que hace Lacan es situar al objeto de su deseo, en el lugar del otro, en el lugar de un trabajo, en el lugar de una cura. En el discurso del capitalista el sujeto permanece anudado a su objeto y en posición de semblante como amo de las cosas y de las palabras, produciéndose una total alienación.

 Nos dice F.Dolto. “¿Por qué todo es tan complicado entre los adolescentes y los adultos? Puede ser que cada generación, la adolescencia acabe echándola hacia delante y haciéndola vivir valores que son verdaderamente los del ser humano: generosidad, perfección, libertad, fraternidad. Cuando los adolescentes se vuelcan por una idea, por ejemplo, son de una generosidad de la cual no es capaz ningún otro grupo social. Cada generación de adolescentes ve que las instituciones establecidas por los adultos que tienen el poder, traicionan estos valores. Es doloroso ver, generación tras generación, a estos adolescentes que son como olas llenas de vida venir a chocar contra  instituciones que muy a menudo, organizan y perpetúan las traiciones.”(F.Dolto. El complejo del bogavante.)

Martín dice a su madre lo que muchos hijos adolescentes gritan, sin ser oídos: yo soy el protagonista de mis errores, de mis inquietudes y mis desconciertos. Yo existo como ser fuera de ti e inauguro en ti también un espacio de vacío al separarme,  al dejarte a solas con tu propia incompletud.

 Pero existe un cierto drama añadido, que la separación en ambos inaugura el espacio de la muerte  De la misma manera que se habla de las depresiones post-parto, podríamos hablar con justeza de las patologías que sobrevienen con la llegada de los hijos a la adolescencia, podríamos hablar de un “síndrome de privación de objeto”. Asumir en la paternidad lo que significa “ese largo adiós” es una garantía para el adolescente: asumir que pasan de tripa a cuna, de cuna a su habitación, de su habitación al colegio, del colegio a otros grupos, etc., etc. Recuerdo una canción de Serrat en la que nos habla de “esos locos bajitos”… “a menudo los hijos se nos parecen, con eso ya nos dan la primera satisfacción…  les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones en cada leche templada y en cada canción… para que un día nos digan adiós”

Es muy difícil  poder dar cuenta en unos pocos minutos de todo lo que implica el drama de la adolescencia, espero por eso, no haber respondido a ninguna de las posibles preguntas que ustedes tenían hoy aquí, pero si  haber suscitado algunas otras, que nos permitan en el coloquio hablar de ello, hablar de “HIJO YO NO SÉ QUE ES LO QUÉ QUIERES”;  No lo sé, por fortuna y nos alegramos de ello.

Recuerdo con cierta nostalgia y bastante estupor el cartel que presidio mi habitación de joven adolescente. “No me preguntes, porque no se nada y no me des consejos, porque sé equivocarme solo.”

2.

LA NORMALIDAD COMO VIOLENCIA.

 Que el inconsciente y el saber pueblan territorios colindantes, no nos es ajeno en primer lugar desde el hallazgo freudiano de la primera tópica y en segundo lugar desde que J. Lacan no tuvo el menor reparo en proclamar que la verdad y la exactitud se distinguían con absoluta claridad.

Cuando Freud habló del odio, de la muerte y de la violencia en su ·Malestar en la cultura” nos enseñaba que el proceso de normalización del ser humano, no está exento de estas cuestiones referidas a algo tan denostado por la cultura judeocristiana como lo es el odio y la violencia y a su vez  a algo tan valorado, tan ensalzado como la muerte. La muerte es un hecho reparador de la culpa. Tanto es así, nos dice Freud, que Dios no dudó  en mandar a su propio hijo a la cruenta inmolación para redimirnos del pecado original, que seguramente no fue otro que el asesinato del padre de la horda primitiva.

El proceso de normalización del desvalido y mortal ser, pasa necesariamente por estas cuestiones del odio o de la muerte del padre, así como por otras vinculadas a la búsqueda de la felicidad, la represión de la sexualidad o la sujeción al lenguaje. Pero lo que quiero resaltar aquí, no es tanto la cuestión de estos puntos de magistral teoría. Lo que quiero  resaltar es que el hecho de la normalización nada tiene que ver con la “uniformidad”. Dicho en momentos donde estamos poblados de uniformes, de pensamientos únicos, donde  se habla con una jerga que pareciera estar sacada de  titulares de periódicos o de televisión y donde cualquier reflexión personalizada pareciera que ha quedado extinguida del proceso mental humano. La reflexión  personal es rara en los tiempos de refundación del capitalismo; es rara y seguramente peligrosa.

Nosotros, oh! nosotros los psicoanalistas, conocedores de los profundos secretos del individuo, bien sabemos lo que se juega en la normalización, en la normalidad, en la norma, pese a que en muchos casos, por cobardía, por pactos de silencio con el poder, por acomodamientos a algunos confortables privilegios, lo silenciemos. Nosotros que tanto entendemos de anormalidad, pues seguramente en nuestra elección de poner oídos al sufrimiento de los otros,  de escuchar los padecimiento ajenos,  hemos podido dar cuenta de los nuestros. ¿Algo hay más anormal? Nosotros los anormales por antonomasia, hemos traicionado una elección tan digna y hemos camuflado un deseo tan inusual, sumergiéndonos en las cloacas del poder, sucumbiendo al brillo agalmático del poder, bajo la forma de discurso universitario.

Está por formularse una ética que de cuenta de que sostener la verdad no admite pactos, ni concesiones, ni posturas moderadas, pues a la postre como nos recordaba Lacan; “yo, la verdad, hablo”. Ese es nuestro oficio, nuestra elección y nuestro compromiso: permitir que la verdad hable en boca de cada uno de los Sujetos con un Supuesto Saber, a los que escuchamos, porque eso nos legitima en nuestra anormal elección de psicoanalistas.

La verdad es anormal y la norma es el acto violento por excelencia: he ahí un enunciado complejo que trataré de desarrollar en las siguientes líneas.

Uniformes, tribunales y Discurso Universitario.

 Hace unos pocos días tuve la posibilidad de asistir a la presentación de un trabajo de una joven psicoanalista (que tuvo la deferencia de contar conmigo en la elaboración de dicho trabajo) ante un tribunal universitario de evaluación.

El trabajo de esta joven psicoanalista era, en mi opinión, brillante, sólido, bien argumentado, con una coherencia interna, digna de mención y sobre todo crítico, valiente y comprometido. No sería honesto por mi parte si no dijera que en su trabajo aprendí mucho mas de lo que pude haber enseñado (seguramente ajeno a mi intención, pues no se enseña lo que uno quiere sino lo que el otro rescata) y de que el nivel de entusiasmo que en mi se generó fue tanto, como para poder seguir  los pasos de un futuro desarrollo mas profundo de dicho trabajo.

Los comentarios que allí se vertieron por parte del tribunal, hubieran hecho revolverse al padre del Psicoanálisis y no digo nada, respecto a uno de sus hijos mas dilectos (J. Lacan). Se apeló de una forma tan descarada a que cualquier cosa que se apartara de la norma, de lo normal, era herética, era errada, que la autora en cuestión quedó desposeída momentáneamente de su inicial entusiasmo y sin la capacidad de responder a cuestionamientos tan hostiles y tan violentos. No por fruto de la indignación por los comentarios tan violentos fue que se me ocurrieran soluciones, a mi entender, éticas, honestas y sobre todo justas: amonal, cicuta y otras de ese calado; estas, son el resultado de una larga y profunda reflexión en torno a los tribunales, a todos los tribunales, en los últimos tiempos.

Entre otros cuestionamientos que allí se dijeron, apareció un concepto volumétrico, algo en relación a la cantidad de palabras que se utilizaban para dar cuenta de la tesis de la joven psicoanalista. Cuántas palabras necesita la verdad para hablar? Qué volumen es el necesario para que una idea sea coherentemente expuesta? No quiero ni pensar que hubiera sido del psicoanálisis si esa misma “norma” se hubiera aplicado al “Malestar en la cultura” de S.Freud o “El caso Dora” del mismo autor o “La subversión del sujeto” o “El estadio del espejo” de J. Lacan.

Sea pues, mi breve escrito en torno a la violencia de la norma, un gesto solidario con esta mujer que delante del tribunal de la erudición universitaria brilló por encima de ellos, hablando de la anormalidad que significa escuchar lo singular de un discurso en el que la palabra viene sexuada, desde el inconsciente y con el escaso margen de libertad que significa ser usuarios de un lenguaje y una cultura: el conocimiento cartesiano y la razón y la libertad kantiana, quedan, al menos, cuestionadas con la aparición del psicoanálisis.

Desde el poder universitario se dirá que mis soluciones son violentas, pero jamás se plantearán hasta que punto su extremada violencia cancela la reflexión individual, utilizando la norma como pretexto. Permítaseme que en un acto de solitaria indignación yo siga pensando y escribiendo lo que ahora escribo y pienso en torno a la norma, la normalidad, la normativa y la normalización.

 Nada hay tan violento como lo que se acepta sin posibilidad de  pensar en qué de nosotros  compromete ese acto de aceptación sumisa; nada tan violento como aquello que se digiere sin haberse podido ni siquiera plantear una duda, una mínima cuestión que personalizara, con un atisbo de reflexión, de punto crítico, el seguimiento de un modelo, el acatamiento de una norma, la aceptación de una regla.

Norma, normalidad, normativa, normalización, tiene todas la misma raíz etimológica: del latín, norma, escuadra y hace referencia a una regla que debe de seguirse porque determina cómo algo debe de ser o debe de realizarse. Es pues la normalización  una manera de estandarizar, de tipificar algo de acuerdo a lo que es habitual. En estadística algo es normal, cuando hace referencia a una medida a un parámetro (la norma) que es el que determina lo que se llama “curva normal”, que no es otra cosa que el espacio en el que se aglutinan los valores mas frecuentes, los valores centrales.

Pero hay peculiaridades de la norma, de la normativa: la primera es  que tiene una dimensión temporal, un aspecto vinculado a la época. La segunda es que no es universal, pues responde a características culturales; la normalidad viene también determinada por una civilización.

en tercer lugar es que compromete igualmente al contexto: social, familiar, político, etc. Por otra parte, al igual que la ley, la mayor parte de las veces, la norma es arbitraria y caprichosa y responde a una pura convención, a un acuerdo. Por ejemplo, en la normativa de tráfico, verde permite, rojo impide. En unos sitios se circula por la derecha y  en otros por la izquierda, siendo sancionables cualquiera de las otras dos una vez establecida la norma.

La norma tiene que ver además con el mantenimiento de los privilegios que los poderosos tienen respecto a los desfavorecidos, una manera de garantizar que lo normal es el acatamiento, la sumisión a la norma.

En la época en que en nuestra civilización judeocristiana se lapidaba a las mujeres adúlteras, como norma, era porque se consideraba que era totalmente anormal, cualquier deseo femenino que no se encauzara desde la perspectiva de la propiedad privada que significaba la institución del matrimonio y por ello, merecía, como norma, la muerte. Esta norma, vigente en otras culturas actuales, aparentemente nos indigna y nos escandaliza, porque hemos cambiado la naturaleza de los guijarros arrojados contra el deseo de una mujer, aunque siga subyaciendo la misma idea de la propiedad y del matrimonio.

En otro espacio, el económico laboral, la norma es la plusvalía, el acto de rapiña por excelencia, en el que los poderosos se cobran el tributo de los que tienen bienes, frente a los que sólo tienen tiempo para poder venderlo. Los intereses bancarios son igualmente el fiel exponente de lo que significa la perversión de imponer una norma a los que, por el hecho de carecer de lo exigido para moverse por el mundo, es decir dinero, tienen que comprarlo al precio que los poderosos mercaderes determinen.

No quiero extenderme en ejemplificar lo que significa, en todos los ámbitos, la presencia de este conjunto de normas, porque  conservo aun la esperanza de que algún día, lo inmoral será ilegal, pero sí una última cosa: revisen sólo un aspecto de lo que en estos tiempos, de llamada crisis económica, se hace con las retribuciones del trabajo, dependiendo si perteneces al clan de los poderosos o no. Se negocian los salarios mínimos, los abaratamientos de los despidos, la reducción de las jubilaciones de los asalariados, mientras el clan se despide de sus empresas con cantidades de dinero que ni cientos de los primeros, en cientos de años, cobrarán jamás. Otra cuestión: ¿cómo es posible que  un solo sujeto atesore mas beneficios en un solo año que el equivalente al presupuesto nacional de varios países africanos. Eso es lo que llamamos normal, esa es la norma.

La norma, la normalidad es una aspiración del individuo y por tanto funciona como un imperativo frente a él. Cuando en las consultas de los psicoanalistas se pregunta por las razones por las cuales un sujeto hace, dice o vive de una determinada manera, enseguida se ve sancionado, juzgado y trata con todas sus fuerzas de ubicarse en los espacios de normalización, con una respuesta: “Pero eso es normal, ¿no? Eso es lo que hace todo el mundo”. Nuestra sociedad ha equiparado los inexorables con normas de corte social, político o familiar; el agua moja, el fuego quema, la lluvia cae… la plusvalía es normal, la propiedad privada es lo justo, lo primero la obligación y luego la devoción, quien bien te quiere te hará llorar, no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, toda una serie de valores que se aceptan como inexorables, confundiendo ambos conceptos.

De tal manera este es el funcionamiento social, que el sujeto busca desesperadamente la norma, la normalidad, desatendiendo su singularidad, su posibilidad de discrepancia, su alternativa personal. En ese sentido digo lo de la violencia. Es violento porque no hay más salida que  la de ubicarse en lo exigido como norma con la firme convicción de que su singularidad, sus ideas, o bien son anormales y dignas de sanción o simplemente se han ido extinguiendo con la continuidad de la exigencia, que en todos los frentes, en todos los ámbitos opera insistente y repetitivamente. Nada hay que no reproduzca esta uniformidad, este funcionamiento relacional de repeticiones. El modelo, bajo la apariencia de la diversidad, es único, pues esa normalidad que se exige al individuo no admite la mas mínima diferencia.

 El hecho de que la norma se haya convertido en un imperativo, tiene que ver con las exigencias de un modelo social que tiene su punto de anclaje fundamental en  el hecho de que la única moral es la moral mercantil, en la que todo es visto desde la perspectiva de la producción, la plusvalía y la propiedad privada y en la que los valores individuales, la singularidad del sujeto se ahoga en una maraña de mandatos que conducen a priorizar el goce de los poderosos. No queda espacio para nada que no sea “la felicidad viene dada por lo que se tiene”. Las posibilidades de autogestión, de autogobierno, de autonomía, se cancelan porque se disfrazan en la norma de que es posible alcanzar la gloria de los privilegiados y tenerlo todo; un todo que apunta a las pertenencias materiales. Bien por el trabajo esforzado del asalariado o bien por las normas mercantiles que subyugan a los que están fuera del clan,y que ya hemos visto (aceptar como normal, la inmoralidad que supone las diferencias de clase, las diferencias entre países del primer y tercer mundo, el precio del dinero, etc) la entrega sumisa al pensamiento normal es la única alternativa para no verse fuera del sistema, como sujeto raro, anormal, diferente. El horror que significa saberse fuera de la norma y el peligro que significa la indefensión de quedar fuera, hacen que la normalidad se convierta en un imperativo, con lo que de violento tiene la imposibilidad de cuestionar. En la aceptación de la norma no hay participación activa del sujeto, puesto que se aceptan las normas que vienen del poder. No es ya una regla política, de la polis, para facilitar la convivencia, para permitir a los sujetos que por el hecho de ser seres sociales necesitan consensuar los límites de la convivencia, es una norma, un conjunto de normas férreas que vienen de instancias superiores, casi divinas, que ya no son posibles de cuestionar y esto a su vez es lo normal. Normalización y uniformidad, se han hecho valores homólogos.

Cuando Freud nos habla, en “El malestar en la cultura”, de la normalización, habla de unos límites de convivencia que permitan dar cuenta del principio de placer en su tránsito al principio de realidad, pero desde lo que significa la singularidad de cada sujeto. Es mas, el gran hallazgo freudiano es justamente que el inconsciente se constituye desde lo que implica la aceptación de la norma en términos individuales y Lacan, dándole una vuelta mas de tuerca, habla del psicoanálisis como una ciencia de lo particular. Una ciencia donde la verdad habla, se abre camino con una lengua que está articulada desde una regla: la sintaxis. Algo tan fuera de lo normal como la verdad, habla con las posibilidades que le concede una norma como la sintaxis.

Bajo la forma de libertad, se ha metido al sujeto en un conjunto de expectativas falseadas por el hecho de que se considera esa libertad como un valor general, abstracto y posible. El sueño americano, en aquel en el que  se somete al individuo con la idea de que desde esa libertad es posible alcanzar cualquier cosa. Y ese es drama: que todo lo que no sea una aspiración de esa naturaleza, es desechado, apartado. Pero la libertad no es un concepto abstracto o teórico, la libertad viene dada por el hecho de que como decía Agustín García Calvo: “Es consolador saber que ningún poder político, ni social, puede cambiar la sintaxis”.

Los tribunales, todos vinculados al Discurso Universitario, dictan y sancionan de acuerdo a una normativa como la que hemos explicado: la del poder, no la del acuerdo, la del consenso, la de la reflexión personal, la de garantizar que esa libertad se circunscribe en el ámbito de unos límites que faciliten y posibiliten, no sólo la convivencia, sino la incorporación de todas las diferencias, de todas las singularidades individuales. Se nos hace creer que ejercemos la libertad al depositar un papel en una urna, para elegir a unos representantes de los que nada sabemos y que no nos representan en modo alguno, porque ellos forman parte de esa estructura de poder, ajena al sujeto. Pero la realidad es que no tenemos ni una sola posibilidad interventora en ninguna de las cosas que nos son esenciales en la convivencia: no podemos determinar en que queremos gastar el dinero de todos, no podemos participar en las reglas de educación o de salud o laborales. Sólo podemos periódicamente continuar con a farsa de una urna que llevará a los poderosos o a sus sicarios,  al mismo lugar del que partieron: el privilegio del poder, pero con la mentira del aval de una papeleta entregada por los votantes, aunque estos sean sólo la mitad de la población.

En Estados Unidos se gobierna con el voto del cincuenta por ciento de los censados, osea con el voto de menos de la mitad de la población. ¿Y el resto?

Una vez allí, volverán a reeditar la normativa con la que se darán los vínculos sociales y de nuevo se generarán las exigencias y los ideales de  normalización.

Nos encarrilaron por la senda del Imperativo categórico Kantiano bajo el engaño de que la libertad y la razón son los únicos valores, pero no nos dijeron que era la libertad teórica y la Razón de la sinrazón del valetodismo.

Si el discurso social, moral no considera el avance que supuso la incorporación del inconsciente freudiano, sólo nos quedará la normalidad que de modo violento, es un imperativo social, el único ideal a alcanzar y que de modo tiránico perseguiremos por el miedo de quedar aislado por culpa de nuestra singularidad. Uniformidad: he ahí el ideal de una sociedad refundada en el ultra liberalismo donde tienen cada vez mas posibilidades lo augurado por G. Orwell en su novela “1984” o por A. Huxley en su “Mundo Feliz”.

Ya hay un presidente negro en Estados Unidos, ya tenemos un DSM de biblia de los trastornos mentales, ya cayó el muro de Berlín y fracaso el comunismo en la Unión Soviética, ya conocemos el genoma humano y se proclamó la Carta de los Derechos Humanos… todo es posible, la explosión de libertad del Primer Mundo se levanta sobre millones de cadáveres de los países de tercera: eso es la terrible violencia de la  norma… lo normal, mientras en algún reducto donde no se ha perdido del todo el Norte, la verdad, anormalidad por excelencia, habla desde lo singular del inconsciente.